DE LO QUE SE VE, Y NADA MÁS

 

 

“...una totalidad en sentido estricto, como un cristal o un enlace
químico, que va mas allá de los elementos enlazados.”

Juan Gris *

I

¿Es acaso mar, un campo de trigo segado, o reunión de trasgos que llevan sus enseres a un encuentro campestre? ¿Inquieto collage, paisaje aéreo o arquitectura interior? La levedad de la materia conjuga con el ceño de la intención, el adentro se torna afuera cuanto la composición demanda: a mitad de camino entre el cuadro y el objeto, recortando lo que el espacio pueda inundar de extensión, Andrea Martinetti trabaja en dimensiones que le son de afecto a la intimidad, a un tiempo que toma distancia de ella.

El tono valor fluctúa desde la saturación a la levedad, andamiajes de una paleta voluntariamente restringida, sin más significado posible que ella misma, donde la incorporación de objetos obedece a estrictas reglas, que quedan sin embargo disimuladas bajo el manto constructivo. Se trata de fusión de los datos de la percepción, en ángulos y superficies de color recíprocamente dislocados, a un tiempo que re-ensamblados. Más que un nuevo género, Andrea —con letanías extraídas de su propio lenguaje— construye un curioso abecedario, sonante como cascabeles, reluciente como piedra recién mojada… entrañable, en fin, algo difícil de describir, y por ende apenas rozable con palabras.

 

II

El nombre del cuadro es casual, anecdótico, pues Andrea busca escandir de él la imagen, alejándola de su resonancia conceptual: es lo que se puede ver, y nada más. Resuenan aquellos como fragmentos de una oda élfica, retazos de una epopeya realizada por seres despreocupados, de los cuales AM hace de coro concertante. A través de certeras y sensibles coordenadas, reduce la polimatericidad a trazos fundamentales, conservando el principio

del no hermetismo.  Son escuetos pictogramas, puzzles, una poética blanda de la materia, aunque dura en cuanto a su controlado régimen. 

El significado mutila, y, quitado el sito de las elucubraciones, advienen collages que Kurt Schwitters hubiera festejado. La terneza de la madera (Grosclaude), es auxiliada por el rigor compositivo. Suaves tonalidades se encaraman sobre fondos netos, los planos se adensan y respiran en fragmentos encontrados, restos de una cotidianeidad elevados ahora a parte necesaria de una obra elegante a un tiempo que sólida. 

Leopoldo Marechal afirmaba que un poema se lee como cuenta sus versos la mano: pues bien, la obra de Andrea Martinetti, fuertemente consistente, mucho más allá de figurillas que parecen ingeniosas, con desarrollado instinto de fundamentos formales, equilibrio cromático y delicadeza de tratamiento, se traduce en que puede verse como fragmento o memoria de un silabario ausente, que necesitamos tocar, como constancia de que la belleza es real.

Enero 2006
Osvaldo Mastromauro

aaca-aica, dic. 2005


* Citado por Kanhweiler, conferencia de La Sorbonne, 1924.